La meta de la Creación
Dado que en la espiritualidad no existe la noción de tiempo, nosotros ya existimos en el Mundo del Infinito (Ein Sof) en nuestro estado final y perfecto.
En la espiritualidad el deseo representa acción, y por eso el propio deseo actúa sin presencia del cuerpo. Por lo tanto, cuando el deseo de crear almas (un deseo de disfrutar) surgió en el Creador, cuando deseó llenarlas con un deleite perfecto –el deleite de sentirle y percibir Su perfección– dicho deseo de dar origen a criaturas semejantes a Sí Mismo se realizó de inmediato.
Así apareció el Mundo del Infinito en el que ya existimos en nuestro estado final.
Sin embargo, aún nos queda alcanzar ese estado en nuestras sensaciones.
Pensemos, por ejemplo, en alguien que duerme: aunque dicha persona esté
durmiendo en determinado lugar, no toma conciencia de dónde se encuentra hasta que se despierta. Para llegar a este estado perfecto debemos pasar por un proceso gradual de transformación de nuestros atributos internos (deseos).
Dicho proceso se corresponde con el ascenso espiritual desde nuestro mundo
hasta el Mundo del Infinito, atravesando todos los mundos.
Para llevarnos hacia el estado final, el Creador nos gobierna desde Arriba a través de todos los mundos. Y por ende, no hay nada en nuestro mundo que no tenga su origen en el Mundo del Infinito: allí, el estado final de cada alma determina el trayecto que está destinada a recorrer EN GENERAL, así como los cambios que debe experimentar EN PARTICULAR, a cada momento (estado),
en su avance espiritual hacia el Mundo del Infinito.
No hay marcha atrás: todo lo que sucede viene dictaminado por la necesidad de llevar a cada alma a su estado final. Este objetivo, y no otro, es lo que determina el estado de nuestro mundo a cada instante, todo lo que ocurre en él a nivel general y a cada uno de nosotros en particular. El Creador no creó nada en vano.
Al contrario, todo sirve a su propósito.
Sin embargo, el hecho de que la voluntad provenga de Arriba no significa que debamos abstenernos de participar activamente en nuestro avance: en lugar de ser esclavos que se mueven a la fuerza –bajo los golpes de un látigo llamado sufrimiento– podemos transformar este camino de dolor en el camino de la Torá: recorrer este camino desde abajo hacia Arriba de forma voluntaria, rápida y activa, entendiendo que el propósito del Creador es algo ciertamente deseable.
Y hacemos que esto se vuelva posible mediante un ruego que busque la elevación espiritual, algo denominado “elevación de MAN”, “plegaria”. En respuesta a ello, recibiremos fuerzas espirituales desde Arriba que nos ayudarán a mejorar nuestras cualidades, es decir, nos ayudarán a elevarnos. La Torá en su totalidad nos habla exclusivamente de eso, y la Cabalá va aún más lejos: nos proporciona una explicación detallada del camino en sí.
Como si de un mapa se tratara, le muestra al hombre lo que experimenta y en qué lugar (en qué estado y grado) se encuentra.
La Cabalá estudia la estructura de los mundos espirituales. El objetivo de estos mundos es debilitar las señales (deseos) del Creador para que podamos entenderlas con nuestro egoísmo y dilucidar con nuestra mente. En hebreo, la palabra “mundo” es Olam (de la palabra HaAlamá, ocultamiento), porque estos mundos ocultan y debilitan la Luz del Creador hasta tal punto que nos es imposible sentirla.
La percepción del Creador (o Su Luz) en cada uno de los 125 grados variará dependiendo de los atributos espirituales de cada uno, es decir, del grado en que el hombre se encuentre (en egoísmo absoluto = nuestro mundo, en altruismo parcial = mundos espirituales). Estos 125 grados se reducen a diez y son denominados “las diez Sefirot entre el Creador y nosotros”.
A medida que se desciende, cada Sefirá deja pasar una menor cantidad de Luz del Creador, tal y como es percibido por los que se encuentran en cada grado. Es decir, cuanto más baja es la Sefirá, menor es la cantidad de Luz que llega a quienes están bajo ella.
Créditos: https://www.facebook.com/fanny.teffi77

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